Cuando hablar también es una forma de resistir
Hay momentos en la vida pública de un país que obligan a reflexionar sobre el papel que jugamos las mujeres cuando decidimos alzar la voz.
Vivimos tiempos en los que una parte importante de la sociedad ha decidido mirar hacia propuestas que para muchas representan un regreso a modelos políticos y culturales que creíamos superados. Más allá de las diferencias ideológicas, el resultado deja preguntas profundas sobre la igualdad, la participación y el lugar que ocupamos las mujeres en la construcción de la democracia.
Durante años he escuchado frases que muchas mujeres conocen demasiado bien: «no se meta en política», «usted habla muy duro», «debería ser más prudente», «calladita se ve más bonita». Expresiones que buscan suavizar nuestras opiniones, reducir nuestra presencia o hacernos creer que el liderazgo femenino debe ser aceptado únicamente cuando no incomoda a nadie.
Pero el liderazgo no nació para complacer. Nació para transformar.
Soy una mujer que cree en la justicia social, en la igualdad de oportunidades y en la necesidad de denunciar aquello que considero injusto. No porque tenga todas las respuestas, sino porque entiendo que el silencio nunca ha cambiado la historia de nadie.
Vivo en un municipio donde recientemente no fue elegida una sola mujer para integrar el Concejo Municipal. Algunas no participaron por decisión propia, otras enfrentaron obstáculos, miedos o barreras que todavía persisten. El resultado es un recordatorio de cuánto trabajo nos queda por delante para construir una sociedad donde el liderazgo femenino sea visto como algo natural y no como una excepción.
Ser mujer en los espacios públicos sigue implicando desafíos adicionales. Con frecuencia debemos demostrar el doble, soportar el triple y recibir menos reconocimiento que nuestros colegas hombres. Aun así, miles de mujeres continúan liderando procesos sociales, comunitarios, académicos, culturales y políticos en todos los rincones del país.
A ellas quiero dedicar estas palabras.
A las que participan aunque tengan miedo.
A las que opinan aunque las critiquen.
A las que lideran aunque intenten desacreditarlas.
A las que siguen adelante incluso cuando sienten que avanzan contra la corriente.
Las elecciones pasan. Los gobiernos cambian. Las coyunturas se transforman. Pero la lucha por una sociedad más equitativa permanece.
Por eso seguiré hablando. Seguiré escribiendo. Seguiré defendiendo las causas en las que creo.
No porque sea fácil.
No porque siempre se gane.
Sino porque cada mujer que ocupa un espacio, que expresa una idea o que decide no guardar silencio, abre una puerta para las que vienen detrás.
Y esa es una forma de resistencia que ningún resultado electoral puede borrar.
