CRÓNICAS DE RESISTENCIA

El Abolengo no quita lo mañoso: La dinastía que nos dejó la Guerra

Hay que tener la cara muy dura para salir a hablar de «salvar al país» cuando se carga con un apellido que es el responsable de haber prendido el primer fósforo de la guerra en Colombia. Muchos no lo saben, o se les olvida, pero la hoy candidata Paloma Valencia es la nieta de Guillermo León Valencia, ese presidente aristócrata que gobernaba con una escopeta de caza en una mano y una copa de vino en la otra. Ese señor, el «abuelito», fue el que prefirió mandar aviones a bombardear campesinos en Marquetalia en 1964 antes que sentarse a darles un pedazo de tierra o una escuela. Fue su soberbia de casta la que parió a las FARC; nos metió en un incendio de sesenta años porque a su alcurnia payanesa le olía mal el sudor del pueblo y jamás le interesó mover un dedo por un programa social que no fuera para beneficiar a sus amigos los de los apellidos ilustres.

Y como lo que se hereda no se hurta, ahí vemos a la nieta, la «delfina» mayor, sacando pecho por un museo familiar y un escudo de armas, como si viviéramos en el siglo XV. La ironía es tan ácida que quema: mientras ella se desgañita hablando de legalidad, le sacan al sol los trapitos de la familia, con primos metidos hasta el cuello en líos por acaparar miles de hectáreas de baldíos que le pertenecen es a la Nación, a la gente. Son los mismos de siempre, los que creen que el mapa de Colombia es la escritura de su hacienda. Por eso no es raro que su gran «idea» para el Cauca fuera dividirlo, separar a los indígenas de los mestizos, como quien separa el ganado, porque para esa mentalidad de abolengo la unión y la igualdad son palabras que no caben en su diccionario de privilegios.

Lo que les duele hoy es que el libreto les cambió. Se les acabó el festín donde ellos mismos se repartían el país mientras el pueblo miraba por la ventana. Por primera vez en la historia hay un gobierno que no se arrodilla ante los escudos de armas y que puso la mirada en los olvidados, en los que nunca tuvieron museo pero sí tienen memoria. Esa es la verdadera rabia de los herederos del poder: que el país ya no se arrodilla ante sus apellidos y que esa «mano dura» que el abuelo usó para incendiar el campo, ya no les sirve para callar a un pueblo que decidió no echar ni un paso atrás. El «abolengo» se queda en el museo de Popayán, porque en la Colombia de hoy, la dignidad no necesita apellidos.

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