A veces lo más revelador de una sociedad no es a quién elige.
Es a quién decide juzgar.
Durante los últimos días he visto una avalancha de comentarios sobre Amaranta. Algunos críticos, otros abiertamente agresivos, muchos cargados de prejuicios, moralismo y una doble vara que llevamos décadas normalizando.
Y eso me ha dejado pensando.
Porque Colombia ha convivido durante años con escándalos de corrupción, clientelismo, compra de votos, abuso del poder público y alianzas oscuras que han afectado la vida de millones de personas. Hemos visto desfilar personajes cuestionados por apropiarse de recursos públicos, por favorecer intereses particulares o por utilizar el Estado como un botín.
Sin embargo, para ciertos sectores, lo verdaderamente escandaloso sigue siendo la historia personal de una mujer.
No sus ideas.
No sus propuestas.
No su trabajo.
Su vida.
Y eso dice mucho más de nosotros como sociedad que de ella.
A las mujeres todavía se nos examina con una lupa distinta. Se nos exige perfección. Se nos pide explicar nuestro pasado. Se cuestionan nuestras decisiones personales. Se opina sobre nuestro cuerpo, nuestra apariencia, nuestras relaciones y nuestra forma de vivir.
Mientras tanto, muchos hombres transitan la vida pública sin enfrentar el mismo nivel de escrutinio moral.
La diferencia es tan evidente que resulta imposible ignorarla.
Por eso me niego a participar en esa lógica de estigmatización. Me niego a reproducir discursos que durante generaciones han servido para controlar, señalar o silenciar a las mujeres que se atreven a ocupar espacios visibles.
La democracia no se fortalece desde el prejuicio.
La democracia se fortalece cuando somos capaces de debatir ideas, confrontar argumentos y evaluar resultados sin convertir la vida privada de las personas en un tribunal permanente.
No se trata de estar de acuerdo con alguien. Se trata de defender un principio básico: ninguna mujer debería ser reducida al juicio moral de quienes se consideran dueños de la verdad o guardianes de una supuesta superioridad ética.
Quizás algún día entendamos que el verdadero debate político no debería girar alrededor de la vida personal de una mujer, sino de las decisiones que toma, las propuestas que defiende y el impacto que genera en la sociedad.
Hasta entonces, seguiré creyendo en algo simple, pero profundamente necesario:
La dignidad de una mujer no depende de la aprobación de quienes nunca han tenido el valor de examinar sus propios prejuicios.
Y una sociedad que juzga con más dureza la historia de una mujer que los abusos del poder, tiene todavía mucho camino por recorrer.

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